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En una olla pequeña, combina 1 taza de azúcar, 1 taza de agua, 1 ramita de canela y una pizca de anís (o 1 cucharadita de vainilla si no tienes anís).

Lleva la mezcla a ebullición a fuego medio-alto. Una vez que hierva, reduce el fuego y deja que hierva a fuego lento durante unos minutos hasta que espese ligeramente.

Retira la olla del fuego y deja el almíbar a un lado para que se enfríe completamente mientras preparas la masa.

En un tazón grande, agrega 3 tazas de harina, 1 1/2 cucharadas de polvo de hornear, 4 cucharadas de azúcar y 1 pizca de sal.

Mezcla bien todos los ingredientes secos con una cuchara o un batidor hasta que estén bien combinados.

Haz un hueco en el centro de los ingredientes secos.

En el hueco, agrega 1 huevo, 3 cucharadas de aceite, 1 cucharada de vainilla y 1/2 taza de leche tibia.

Comienza a mezclar los ingredientes húmedos y secos con una cuchara hasta que se forme una masa áspera.

Transfiere la masa a una superficie limpia y ligeramente enharinada. Amasa la masa a mano durante unos minutos hasta que esté suave y elástica.

Toma una pequeña porción de la masa, aproximadamente del tamaño de una nuez.

Sobre una superficie limpia, enrolla la porción de masa entre tus palmas o sobre la encimera para formar un tronco delgado y alargado.

Une los dos extremos del tronco y pellízcalos firmemente para formar una pequeña rosquita.

Repite este proceso con la masa restante hasta que todas las rosquitas estén formadas.

Calienta una cantidad generosa de aceite para freír en una sartén profunda o una olla a fuego medio. Asegúrate de que haya suficiente aceite para sumergir las rosquitas.

Una vez que el aceite esté caliente (puedes probar dejando caer un pequeño trozo de masa; debe chisporrotear y flotar), coloca con cuidado unas pocas rosquitas en el aceite caliente. No llenes demasiado la sartén, ya que esto bajará la temperatura del aceite y evitará una cocción uniforme.

Fríe las rosquitas, dándoles la vuelta ocasionalmente, hasta que estén doradas y esponjosas por ambos lados.

Con una espumadera, retira las rosquitas fritas del aceite y colócalas en un plato forrado con papel de cocina para escurrir el exceso de aceite.

Mientras las rosquitas aún estén tibias (pero no calientes de la freidora), sumérgelas en el almíbar frío preparado. Asegúrate de que cada rosquita esté bien cubierta con el almíbar.

Retira las rosquitas del almíbar y colócalas en un plato para servir. Sirve inmediatamente y disfruta.


En una olla pequeña, combina 1 taza de azúcar, 1 taza de agua, 1 ramita de canela y una pizca de anís (o 1 cucharadita de vainilla si no tienes anís).

Lleva la mezcla a ebullición a fuego medio-alto. Una vez que hierva, reduce el fuego y deja que hierva a fuego lento durante unos minutos hasta que espese ligeramente.

Retira la olla del fuego y deja el almíbar a un lado para que se enfríe completamente mientras preparas la masa.

En un tazón grande, agrega 3 tazas de harina, 1 1/2 cucharadas de polvo de hornear, 4 cucharadas de azúcar y 1 pizca de sal.

Mezcla bien todos los ingredientes secos con una cuchara o un batidor hasta que estén bien combinados.

Haz un hueco en el centro de los ingredientes secos.

En el hueco, agrega 1 huevo, 3 cucharadas de aceite, 1 cucharada de vainilla y 1/2 taza de leche tibia.

Comienza a mezclar los ingredientes húmedos y secos con una cuchara hasta que se forme una masa áspera.

Transfiere la masa a una superficie limpia y ligeramente enharinada. Amasa la masa a mano durante unos minutos hasta que esté suave y elástica.

Toma una pequeña porción de la masa, aproximadamente del tamaño de una nuez.

Sobre una superficie limpia, enrolla la porción de masa entre tus palmas o sobre la encimera para formar un tronco delgado y alargado.

Une los dos extremos del tronco y pellízcalos firmemente para formar una pequeña rosquita.

Repite este proceso con la masa restante hasta que todas las rosquitas estén formadas.

Calienta una cantidad generosa de aceite para freír en una sartén profunda o una olla a fuego medio. Asegúrate de que haya suficiente aceite para sumergir las rosquitas.

Una vez que el aceite esté caliente (puedes probar dejando caer un pequeño trozo de masa; debe chisporrotear y flotar), coloca con cuidado unas pocas rosquitas en el aceite caliente. No llenes demasiado la sartén, ya que esto bajará la temperatura del aceite y evitará una cocción uniforme.

Fríe las rosquitas, dándoles la vuelta ocasionalmente, hasta que estén doradas y esponjosas por ambos lados.

Con una espumadera, retira las rosquitas fritas del aceite y colócalas en un plato forrado con papel de cocina para escurrir el exceso de aceite.

Mientras las rosquitas aún estén tibias (pero no calientes de la freidora), sumérgelas en el almíbar frío preparado. Asegúrate de que cada rosquita esté bien cubierta con el almíbar.

Retira las rosquitas del almíbar y colócalas en un plato para servir. Sirve inmediatamente y disfruta.
