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En una olla, infusionar el hueso de jamón en la leche entera. Llevar a ebullición a fuego medio-alto. Una vez que hierva, bajar el fuego al mínimo y continuar la infusión, desespumando ocasionalmente. Dejar infusionar por al menos 2 horas para que la leche absorba bien el sabor del jamón. Retirar el hueso de jamón y reservar la leche caliente.

Mientras la leche se infusiona, dorar el jamón picado en una sartén a fuego medio-alto durante 4-5 minutos. Esto potenciará su sabor. Retirar el jamón de la sartén y reservar.

En la misma sartén (o en una olla grande), derretir la mantequilla a fuego bajo. Una vez derretida, añadir la harina poco a poco, mezclando constantemente con una cuchara de madera o espátula. Cocinar la harina a fuego bajo, removiendo sin parar, hasta que adquiera un tono dorado y huela a tostado (esto indica que la harina está bien cocida y evitará el sabor a crudo).

Una vez que la harina esté cocida, añadir el jamón dorado que teníamos reservado y cocinar todo junto por un par de minutos, mezclando bien para que la harina también absorba el sabor del jamón.

Empezar a incorporar la leche infusionada caliente a la mezcla de harina y jamón. Añadir la leche poco a poco, sin dejar de remover vigorosamente con unas varillas. Al principio la mezcla será espesa y costará integrar la leche, pero con paciencia y mezclando sin parar, se irá formando una bechamel suave y homogénea. Continuar cocinando y removiendo hasta que la masa se despegue de las paredes de la olla.

Probar la masa para ajustar el punto de sal. Generalmente, el jamón ya aporta suficiente sal, por lo que puede que no sea necesario añadir más.

Forrar una bandeja con papel film. Verter la masa de croquetas sobre el film, extendiéndola uniformemente. Cubrir la superficie de la masa con otro trozo de papel film, asegurándose de que el film toque directamente la masa (a piel) para evitar que se forme una costra. Dejar enfriar a temperatura ambiente y luego refrigerar durante toda la noche (mínimo 8 horas).


En una olla, infusionar el hueso de jamón en la leche entera. Llevar a ebullición a fuego medio-alto. Una vez que hierva, bajar el fuego al mínimo y continuar la infusión, desespumando ocasionalmente. Dejar infusionar por al menos 2 horas para que la leche absorba bien el sabor del jamón. Retirar el hueso de jamón y reservar la leche caliente.

Mientras la leche se infusiona, dorar el jamón picado en una sartén a fuego medio-alto durante 4-5 minutos. Esto potenciará su sabor. Retirar el jamón de la sartén y reservar.

En la misma sartén (o en una olla grande), derretir la mantequilla a fuego bajo. Una vez derretida, añadir la harina poco a poco, mezclando constantemente con una cuchara de madera o espátula. Cocinar la harina a fuego bajo, removiendo sin parar, hasta que adquiera un tono dorado y huela a tostado (esto indica que la harina está bien cocida y evitará el sabor a crudo).

Una vez que la harina esté cocida, añadir el jamón dorado que teníamos reservado y cocinar todo junto por un par de minutos, mezclando bien para que la harina también absorba el sabor del jamón.

Empezar a incorporar la leche infusionada caliente a la mezcla de harina y jamón. Añadir la leche poco a poco, sin dejar de remover vigorosamente con unas varillas. Al principio la mezcla será espesa y costará integrar la leche, pero con paciencia y mezclando sin parar, se irá formando una bechamel suave y homogénea. Continuar cocinando y removiendo hasta que la masa se despegue de las paredes de la olla.

Probar la masa para ajustar el punto de sal. Generalmente, el jamón ya aporta suficiente sal, por lo que puede que no sea necesario añadir más.

Forrar una bandeja con papel film. Verter la masa de croquetas sobre el film, extendiéndola uniformemente. Cubrir la superficie de la masa con otro trozo de papel film, asegurándose de que el film toque directamente la masa (a piel) para evitar que se forme una costra. Dejar enfriar a temperatura ambiente y luego refrigerar durante toda la noche (mínimo 8 horas).
